¿Te imaginas una Champions con 36 equipos? Es como mezclar una fiesta de rock con una reunión de negocios; suena genial, pero la ejecución es un desastre.
Primero, la ampliación rompe la lógica competitiva. Equipos de segunda categoría aparecen como invitados de boda, sin haber peleado en la liga. El nivel se diluye y los clásicos pierden peso.
Aquí el problema se vuelve brutal. Grupos de tres o cuatro equipos, todos jugando contra todos, generan jornadas eternas. Los fanáticos se aburren viendo partidos sin historia, mientras los directores se rascan la cabeza.
Los derechos de transmisión suben, sí, pero la audiencia cae. No hay drama, no hay remontadas épicas; solo partidos de plantilla que nadie recuerda.
Los gigantes ya no son los únicos protagonistas. Equipos modestos aparecen en la tabla y roban la escena, pero sin la infraestructura para sostener el espectáculo. El desequilibrio se vuelve la norma.
El fútbol necesita rivalidades, no un desfile de insignificancia. Si la UEFA quiere mantener la esencia, tiene que recortar, no expandir. Aquí está el trato: volver a 32 equipos, volver a la fase de grupos clásica, y dejar que la calidad hable.
Y aquí está el consejo: antes de aceptar cualquier propuesta, analiza el retorno de inversión real y la capacidad de los nuevos participantes para competir al nivel máximo.